Raquel Chan fue premiada por desarrollar los genes que revolucionaron la agricultura

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La científica argentina recibió un prestigioso reconocimiento internacional tras descubrir los mecanismos moleculares que permiten a los cultivos resistir el estrés hídrico y garantizar la seguridad alimentaria mundial.

La ciencia argentina volvió a posicionarse en la vanguardia internacional. La bioquímica Raquel Lia Chan, investigadora superior del Conicet y docente de la Universidad Nacional del Litoral (UNL), fue galardonada por sus contribuciones determinantes en la biología fundamental de las plantas. Sus hallazgos, que permitieron identificar los genes responsables de la adaptación a entornos climáticos hostiles, ya se traducen en herramientas clave para mitigar los efectos de la sequía en la producción agrícola global.

El reconocimiento destaca una trayectoria dedicada a desentrañar cómo los vegetales responden a las presiones de su entorno. A través de su trabajo en el Instituto de Agrobiotecnología del Litoral (IAL), Chan logró un hito histórico: aislar un gen del girasol y transferirlo a cultivos de gran escala como el trigo y la soja, permitiendo que mantengan sus rendimientos metabólicos aun en condiciones de escasez crítica de agua.

El descubrimiento del gen HB4 y el salto tecnológico

La base del éxito científico de Chan y su equipo radica en el aislamiento del gen Hahb-4, proveniente del girasol. Esta planta posee una resiliencia natural a las fluctuaciones climáticas que otros cultivos comerciales no comparten. Al comprender la arquitectura molecular de este mecanismo, los investigadores consiguieron implantar dicha instrucción genética en especies tradicionales de la agricultura pampeana y global.

La tecnología resultante, comercializada globalmente bajo la denominación HB4, opera optimizando el uso de los recursos hídricos de la planta. En períodos de sequía severa, el cultivo activa un protocolo de latencia y protección que reduce la pérdida de agua por evaporación, manteniendo la viabilidad de la espiga o de la vaina hasta que las condiciones climáticas se normalicen.

A diferencia de otras modificaciones genéticas enfocadas exclusivamente en la resistencia a plagas o herbicidas, el desarrollo liderado por Chan intervino directamente en la fisiología del rendimiento. Esto significa que la planta no solo sobrevive a la falta de agua, sino que conserva su potencial productivo, una distinción crítica para la sustentabilidad económica de las empresas agropecuarias.

El impacto económico frente al cambio climático

La transferencia de estos conocimientos fundamentales al sector productivo cobró una relevancia dramática en los últimos años debido a la profundización de los fenómenos climáticos extremos. En la región pampeana, las campañas agrícolas recientes estuvieron marcadas por pérdidas multimillonarias asociadas al fenómeno de La Niña, lo que aceleró la adopción de variedades tecnológicamente protegidas.

"El objetivo inicial siempre fue entender cómo las plantas se defienden del medio ambiente; la traducción de ese saber en un producto comercial fue el resultado de una sinergia público-privada inédita en nuestro país", explicaron fuentes cercanas al laboratorio de desarrollo. Las estadísticas de las últimas campañas comerciales en el hemisferio sur demuestran que los lotes sembrados con variedades resistentes obtuvieron mejoras en el rinde de entre un 15% y un 22% en entornos de estrés hídrico severo en comparación con los materiales convencionales.

El impacto de esta innovación trasciende las fronteras de la Argentina. Con la aprobación comercial de estas variedades en mercados clave como Brasil, Estados Unidos, China y Australia, la tecnología diseñada en los laboratorios de Santa Fe se convirtió en un estándar de resiliencia para el comercio internacional de granos, consolidando un modelo de exportación de valor agregado basado en el conocimiento biotecnológico.

Desafíos globales para la seguridad alimentaria

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) advirtió reiteradamente que la superficie de tierra cultivable per cápita se reducirá significativamente hacia mediados de siglo. En este escenario, la presión sobre la ciencia biológica para incrementar la eficiencia de los suelos actuales se volvió una prioridad geopolítica.

El trabajo premiado de Raquel Chan ofrece una respuesta directa a este desafío estructural. Al permitir que se siembren cultivos de primera necesidad en zonas consideradas marginales o expuestas a regímenes de lluvia irregulares, la tecnología mitiga el riesgo de desabastecimiento y estabiliza los precios internacionales de las materias primas alimentarias.

Los próximos pasos de las líneas de investigación lideradas por la científica apuntan a replicar estos mecanismos de tolerancia en otros cultivos esenciales para las economías en desarrollo, como el maíz y el arroz. La expansión de la plataforma genética promete reconfigurar los mapas de productividad global, demostrando que la inversión en ciencia básica es el único camino viable para asegurar la sostenibilidad de los sistemas agroalimentarios del futuro.

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