El crimen de José Luis Cabezas: crónica de la noche que marcó al periodismo

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El 25 de enero de 1997 quedó marcado a fuego en la memoria colectiva de los argentinos. Aquella madrugada, en una cava de General Madariaga, el fotógrafo José Luis Cabezas fue ejecutado en lo que se convertiría en el mayor atentado contra la libertad de expresión desde el retorno de la democracia. Lo que comenzó como una cobertura veraniega más en la exclusiva ciudad de Pinamar, terminó revelando los hilos más oscuros del poder y la impunidad de los años noventa.

José Luis Cabezas recibió amenazas y advertencias desde su llegada a Pinamar durante el verano trágico de 1997. Sospechó de hechos extraños luego de que el comisario Alberto Gómez y Juan Altieri mencionaran a su hija Candela (DyN)
José Luis Cabezas recibió amenazas y advertencias desde su llegada a Pinamar durante el verano trágico de 1997. Sospechó de hechos extraños luego de que el comisario Alberto Gómez y Juan Altieri mencionaran a su hija Candela (DyN)

La fiesta de Andreani: el preludio de la tragedia

La noche del 24 de enero, la atención de la farándula y la política estaba puesta en el cumpleaños del empresario Oscar Andreani. Cabezas llegó al evento junto a su compañero de tareas, con quien compartía la labor diaria de retratar el verano de los poderosos. Nadie sospechaba que, entre las luces y el brindis, se gestaba una emboscada fatal coordinada por sectores de la policía y el entorno de un poder empresarial que se creía intocable.

El fotógrafo se retiró de la fiesta pasadas las cinco de la mañana a bordo de su vehículo. Lo que él no sabía era que un grupo de tareas, liderado por el oficial de la Policía Bonaerense Gustavo Prellezo y la banda conocida como "Los Horneros", lo estaba esperando. Habían estado siguiendo sus movimientos con una precisión quirúrgica, cumpliendo una sentencia dictada tras la publicación de una imagen que el poder no quería mostrar.

Un crimen con sello mafioso y un mensaje de impunidad

El secuestro fue veloz. José Luis fue interceptado a metros de su departamento y trasladado bajo amenaza hacia las afueras de la ciudad. En una cava apartada de los centros turísticos, fue obligado a arrodillarse. Recibió dos disparos en la nuca. Luego, su cuerpo fue colocado dentro del vehículo, al que prendieron fuego para borrar huellas y, a la vez, enviar un mensaje contundente a toda la sociedad y al periodismo de investigación.

El detonante de este ataque brutal fue su lente. Un año antes, Cabezas había logrado lo que muchos consideraban imposible: ponerle rostro al enigmático empresario Alfredo Yabrán. Aquella fotografía de Yabrán caminando por la playa fue el principio del fin para el reportero gráfico. La frase que circulaba en los pasillos del poder era premonitoria: para el magnate, una foto era equivalente a un disparo.

Justicia, memoria y el legado de una cámara

A casi tres décadas de aquel suceso, el caso Cabezas sigue siendo un recordatorio de los peligros de la connivencia entre el poder político, las fuerzas de seguridad y el empresariado oscuro. Aunque hubo condenas y una investigación que desnudó una red criminal compleja, la sensación de una deuda histórica persiste debido a las liberaciones anticipadas de los responsables.

Hoy, el nombre de José Luis Cabezas es un símbolo de resistencia. Cada aniversario, el grito de "No se olviden de Cabezas" resuena con la misma fuerza, recordándonos que el compromiso con la verdad a veces tiene el precio más alto, pero es la única herramienta capaz de quebrar el silencio de la impunidad.

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