Tras un mes de desamparo en plazas céntricas, la familia de la Maternidad Martin logró techo propio

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Sabrina, su pareja, su hijo de 15 años y su suegro abandonaron la situación de calle tras ser asistidos por una familiar que los reconoció por televisión y les cedió una vivienda en el barrio Bella Vista.


La vulnerabilidad extrema que atraviesan cientos de rosarinos encontró esta semana un caso de alivio concreto, aunque cargado de la crudeza propia de la crisis social actual. Una familia compuesta por cuatro personas, que permaneció durante más de 30 días pernoctando en diferentes plazas del microcentro de Rosario, logró finalmente mudarse a una vivienda estable. El grupo, que incluye a un adolescente y a un adulto mayor, se instaló este lunes en una casa de la zona oeste de la ciudad, marcando el fin de una etapa de exposición a la intemperie y el inicio de un proceso de reconstrucción personal y laboral.

La situación tomó estado público cuando el grupo familiar fue localizado en las inmediaciones de la Maternidad Martin, en la plazoleta Julio Maiztegui. Allí, Sabrina, referente de la familia y asistente gerontológica de oficio, relató las dificultades que los llevaron a perder su hogar y la imposibilidad de reinsertarse en el mercado formal pese a sus intentos constantes. La visibilidad mediática del caso fue el detonante de la solución: una prima de la mujer, que no mantenía contacto con ella desde hacía tiempo, reconoció a sus parientes a través de una transmisión televisiva y decidió intervenir de inmediato para sacarlos de la calle.

Del desamparo en el centro a la estabilidad en Bella Vista

El periplo de la familia comenzó un mes atrás, cuando una combinación de falta de empleo estable y problemas de salud los dejó sin recursos para costear un alquiler. Desde entonces, rotaron por distintos espacios verdes del área central, cargando con sus pertenencias y tratando de proteger la salud del suegro de Sabrina y la integridad de su hijo de 15 años. La rutina de vivir a la intemperie se cortó este martes, cuando pudieron despertar bajo un techo sólido en las inmediaciones de calle Viamonte y Lima, a pocas cuadras de las avenidas Presidente Perón y Avellaneda.

"Esta es la base para empezar una nueva vida y mejorar", expresó Sabrina con una mezcla de alivio y esperanza tras concretar la mudanza. La mujer, que anteriormente se desempeñaba cuidando a una anciana con demencia senil, destacó la importancia de la tranquilidad recuperada: "Anoche hemos podido dormir con un poco de tranquilidad". La nueva vivienda, ubicada de forma lindera a la de su prima Valeria, se presenta como una solución permanente que les permitirá retomar la búsqueda de empleo y estabilizar el estado de salud de los integrantes del grupo, resentido por las semanas de frío y precariedad.

Un reencuentro impulsado por la visibilidad del caso

El factor determinante para el cambio de realidad de esta familia fue la mediación de los medios de comunicación y la reacción solidaria de su entorno cercano. Valeria, la prima que les ofreció la propiedad, relató el impacto de ver a sus familiares en una situación de indigencia total. "Justo estaba mirando la tele. Fue un milagro verla, se me partió el alma", recordó la mujer, quien no dudó en trasladarse hasta la zona de Moreno al 900 para buscar a Sabrina y ofrecerle el espacio que hoy habitan.

Este caso pone de manifiesto la fragilidad de los sectores trabajadores que, ante la pérdida de una fuente de ingresos, caen rápidamente en la exclusión habitacional. La familia no solo enfrentaba el desafío de la vivienda, sino que arrastraba complicaciones de salud derivadas del desgaste físico de vivir en la vía pública. Ahora, con el domicilio fijado en el barrio Bella Vista, el objetivo principal del grupo es la reinserción laboral. Sabrina busca retomar sus tareas de cuidados gerontológicos, mientras que el resto de los integrantes adultos intentan reinsertarse en actividades que les permitan sostener los gastos básicos de la vivienda y la educación del menor.

El contexto de la emergencia habitacional en Rosario

El drama de la familia que habitaba en la plazoleta Maiztegui no es un hecho aislado, sino que se enmarca en un contexto de creciente presión económica y déficit habitacional en la ciudad. Los registros de organizaciones sociales que asisten a personas en situación de calle indican que el perfil de quienes duermen en las plazas ha cambiado en el último año: ya no se trata solo de personas con trayectorias de vida crónicas en la marginalidad, sino de núcleos familiares que han sido desplazados del sistema formal de alquileres por la inflación y la pérdida de empleo.

La resolución de este caso particular, aunque positiva, subraya la ausencia de mecanismos estatales de respuesta rápida que eviten que una familia pase un mes entero en el espacio público. En esta oportunidad, fue el tejido solidario familiar y el impacto de la prensa lo que logró suplir la carencia de políticas públicas de contención. Mientras Sabrina y los suyos acomodan sus pertenencias en su nuevo hogar de zona oeste, la problemática de fondo persiste en las calles rosarinas, donde la brecha entre los ingresos y el costo de vida continúa empujando a los sectores más vulnerables hacia la periferia del sistema.

"Estamos muy contentos", reiteró Sabrina, marcando el cierre de un capítulo que, aunque traumático, termina con la posibilidad concreta de un nuevo comienzo. La casa en Viamonte y Lima no es solo un refugio contra el clima, sino el punto de partida indispensable para que el adolescente del grupo pueda retomar su escolaridad con normalidad y los adultos recuperen la dignidad que el asfalto les había arrebatado.

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