La medida de fuerza en el frigorífico Euro ha superado la barrera de los dos meses, transformando una disputa laboral en un drama social que involucra a familias enteras. Tras diez semanas de ocupación de la planta, los trabajadores continúan viviendo dentro de las instalaciones, enfrentando no solo la incertidumbre sobre su futuro laboral y el cobro de haberes adeudados, sino también las altas temperaturas del verano y el desafío de criar a sus hijos en un entorno industrial.
Una resistencia familiar ante la falta de respuestas
Lo que comenzó como un reclamo gremial ante la falta de pago de quincenas, aguinaldos y vacaciones, ha mutado en una convivencia forzada. Los empleados han trasladado colchones y utensilios básicos a la fábrica, turnándose para dormir y mantener la vigilancia. La presencia de menores de edad en el lugar añade una capa de complejidad y urgencia a la situación; los hijos de los operarios juegan entre la maquinaria parada, mientras sus padres organizan ollas populares para garantizar la alimentación diaria.
La rutina se ha visto alterada drásticamente. Sin energía eléctrica en ciertos sectores y con recursos limitados, el desgaste físico y emocional comienza a hacer mella en el colectivo de trabajadores, quienes aseguran que la patronal ha cortado el diálogo y no ofrece soluciones concretas para la reactivación de la planta o el pago de las deudas salariales.
Miedo al desguace y a la inseguridad
Más allá de la cuestión económica, uno de los motores principales que sostiene la toma es el temor al vaciamiento de la empresa. Los trabajadores denuncian que, de abandonar las instalaciones, existe un riesgo real de que la maquinaria sea retirada o vandalizada por intrusos. La zona, que se vuelve hostil durante la noche, obliga a los manifestantes a mantener guardias rotativas estrictas para evitar robos que terminen de liquidar su única fuente de trabajo.
El objetivo de la permanencia es custodiar los activos de la compañía como única garantía de cobro ante una eventual quiebra o cierre definitivo. Mientras tanto, la comunidad observa con preocupación cómo el conflicto se cronifica sin intervención efectiva de las autoridades laborales que destrabe el conflicto.

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