La reciente llegada masiva de vehículos eléctricos al puerto y su desembarco en las concesionarias de Rosario ha generado un entusiasmo palpable en el mercado automotor local. Sin embargo, detrás de las vidrieras brillantes y las promesas de movilidad sustentable, surge una advertencia crítica por parte de los expertos del sector: la infraestructura de carga en la región todavía no está preparada para soportar la demanda proyectada.
El cuello de botella de la infraestructura
Mientras que la venta de unidades —impulsada por beneficios impositivos provinciales como la exención de patentes— comienza a acelerarse, la realidad técnica presenta un desafío inmediato. Referentes del sector energético y automotriz local señalan que, si bien la carga domiciliaria (el famoso wallbox) resuelve la movilidad urbana diaria, la viabilidad de los viajes de media y larga distancia desde Rosario sigue siendo una incógnita para muchos usuarios.
El problema central no es solo la cantidad de estaciones, sino la potencia y la autorización legal para la reventa de energía. Actualmente, la zona cuenta con puntos de recarga aislados, pero carece de una red de corredores seguros que garantice a los conductores llegar a destino sin el temor de quedarse varados en la ruta. A esto se suma que muchas estaciones de servicio tradicionales aún aguardan regulaciones más claras y retornos de inversión visibles para instalar cargadores rápidos de alto voltaje.
Beneficios fiscales vs. realidad logística
Santa Fe se posiciona como una provincia pionera al ofrecer incentivos fiscales atractivos para la compra de estos rodados. No obstante, los especialistas advierten que el ecosistema no se completa solo con bajar impuestos. La advertencia es clara: adquirir un vehículo eléctrico hoy en Rosario es una apuesta ideal para el tránsito citadino, pero aventurarse hacia otras localidades requiere una planificación logística que el usuario promedio no siempre está dispuesto a realizar.
La ecuación económica del ahorro en combustible —cargar electricidad cuesta una fracción que llenar un tanque de nafta— es innegable. Pero la "ansiedad de rango", el miedo a quedarse sin batería lejos de un enchufe, se ha convertido en la principal barrera cultural y técnica que frena una adopción masiva. Hasta que la inversión en infraestructura pública de carga no acompañe el ritmo de las importaciones que ya están en los salones de venta, la movilidad eléctrica en la zona seguirá siendo, para muchos, una promesa a medio cargar.

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