
Los atletas africanos establecieron un nuevo paradigma en el atletismo mundial tras completar los 42 kilómetros en un tiempo inferior al límite histórico de 120 minutos.
El atletismo mundial fue testigo de un evento que redefine los límites de la resistencia humana. El keniano Sabastian Sawe y el etíope Yomif Kejelcha lograron romper la barrera de las dos horas en la distancia de maratón, una marca que hasta hace pocos años se consideraba biológicamente inalcanzable. Este hito no solo representa una victoria deportiva, sino que es el resultado de una convergencia precisa entre la evolución fisiológica, la ingeniería de calzado de última generación y una planificación nutricional milimétrica que permitió sostener ritmos de carrera extremos.
La ciencia de la nutrición y el rendimiento energético
Uno de los pilares fundamentales para que Sawe y Kejelcha mantuvieran una velocidad superior a los 21 kilómetros por hora durante toda la competencia fue la gestión de los depósitos de glucógeno. En el maratón moderno, la nutrición ya no se limita a la hidratación básica, sino que se basa en la ingesta de hidratos de carbono de alta densidad.
Los equipos técnicos de ambos atletas implementaron una estrategia de carga de carbohidratos que permitió el consumo de hasta 90 o 100 gramos de azúcares por hora. Esto se logra mediante el uso de hidrogeles, una tecnología que encapsula los carbohidratos para que atraviesen el estómago sin generar malestar gástrico, liberando la energía de manera inmediata en el intestino delgado. Esta disponibilidad energética constante evitó el fenómeno conocido como "el muro", permitiendo que los corredores realizaran el segundo tramo de la carrera a un ritmo incluso superior al primero.
Además de la carga energética, la suplementación con nitratos y bicarbonato de sodio jugó un papel crucial. Los nitratos, presentes habitualmente en el jugo de remolacha, mejoran la eficiencia en el uso del oxígeno por parte de las mitocondrias, mientras que el bicarbonato actúa como un amortiguador del lactato en sangre, retrasando la fatiga muscular en los kilómetros finales.
Evolución fisiológica y umbral de lactato
Desde el punto de vista de la fisiología, el éxito de Sawe y Kejelcha reside en su capacidad para operar en el umbral de lactato más alto registrado en la historia. Estos atletas poseen un $VO_2$ máx (consumo máximo de oxígeno) excepcionalmente elevado, pero su verdadero diferencial es la economía de carrera. La economía de carrera es la medida de cuánta energía gasta un atleta a una velocidad determinada; en este nivel de élite, se busca que el cuerpo utilice la menor cantidad de oxígeno posible para desplazarse a ritmos inferiores a los 2:50 minutos por kilómetro.
El entrenamiento en altitud, realizado principalmente en los campamentos de Iten en Kenia y Addis Abeba en Etiopía, fue determinante. Al entrenar por encima de los 2.400 metros sobre el nivel del mar, el cuerpo aumenta naturalmente la producción de glóbulos rojos, mejorando la capacidad de transporte de oxígeno hacia los músculos. Al descender al nivel del mar para competir, los atletas cuentan con una "reserva" aeróbica que les permite sostener esfuerzos que para un corredor promedio serían anaeróbicos.
"El límite humano se ha desplazado gracias a una comprensión profunda de cómo el cuerpo procesa el oxígeno bajo estrés máximo", señalaron especialistas del ámbito del alto rendimiento tras analizar la telemetría de la carrera.
El impacto de la tecnología en el calzado deportivo
No se puede explicar el registro sub-2 horas sin mencionar el impacto de las denominadas "superzapatillas". El calzado utilizado por Sawe y Kejelcha incorpora placas de fibra de carbono insertadas en una entresuela de espuma de peba, un material extremadamente ligero y con una capacidad de retorno de energía superior al 85%.
Esta combinación mecánica funciona como una suerte de resorte que reduce la carga muscular en las pantorrillas y permite una zancada más eficiente. Estudios biomecánicos indican que estas zapatillas pueden mejorar la economía de carrera entre un 4% y un 6% en comparación con los modelos de competición tradicionales. Al reducir el daño muscular por impacto, los atletas llegan a los últimos 10 kilómetros con una integridad física que les permite lanzar un sprint final, algo que antes resultaba imposible debido a la degradación de las fibras musculares.
Antecedentes y proyecciones del récord
El camino hacia este logro comenzó en 2017 con el proyecto Breaking2 y se consolidó en 2019, cuando Eliud Kipchoge corrió la distancia en 1:59:40 en un evento controlado en Viena. Sin embargo, lo ocurrido este domingo tiene una relevancia superior para las estadísticas oficiales, ya que se dio en un entorno de competencia abierta, sin las ayudas externas de liebres rotativas o vehículos de apoyo que anulen la resistencia del viento.
Este récord redefine las expectativas para los próximos Juegos Olímpicos y pone en jaque la reglamentación de la World Athletics sobre el equipamiento permitido. Mientras la tecnología sigue avanzando, la brecha entre el talento natural y la asistencia técnica se vuelve cada vez más delgada. Lo cierto es que Sabastian Sawe y Yomif Kejelcha han escrito un nuevo capítulo en la historia del deporte, demostrando que la barrera de las dos horas ya no es una frontera infranqueable, sino el nuevo punto de partida para la próxima generación de maratonistas.

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